POBREZAS

De manera primordial, a que en nuestra sociedad persiste una forma de convivencia en la que las diferencias sexuales se han convertido en desigualdades sociales; por ejemplo, la división sexual del trabajo, producto de una construcción socio cultural e histórica, no se reduce a una simple diferenciación de las tareas asignadas a mujeres y a hombres, sino que ésta constituye una valoración desigual de las mismas y de quién las hace. De hecho, es de fácil demostración que las actividades que tradicionalmente se conocen como masculinas tienen una valoración económica y una calificación social superior a las de tradición femenina. Esta situación afecta directamente a la generación de ingresos de las mujeres de manera negativa.

La CEPAL menciona que en América Latina el 43% de mujeres mayores de 15 años carecen de ingresos propios. Esta dependencia económica ubica a las mujeres como un sector de riesgo, pues un cambio en sus relaciones familiares significaría caer en la pobreza. Las limitaciones para la generación de ingresos propios hallan sus causas en la división sexual del trabajo, por ejemplo, el trabajo doméstico es la principal tarea del 45% de las mujeres cónyuges, esta ocupación no tiene remuneración e impide el acceso a un trabajo remunerado en igualdad de condiciones que los hombres.

CEPAL en Panorama Social 2003, constata que del total de personas trabajadoras en América Latina y El Caribe, el 53,9 % son mujeres y el 46,1% son hombres; sin embargo, los hombres constituyen el 45,6 % del trabajo remunerado y las mujeres el 31,2%; y del trabajo no remunerado, las mujeres representan el 22,7% y los hombres el 0.5%. A pesar de que la pobreza golpea a mujeres y a hombres debido al desempleo como una de sus múltiples causas, podemos confirmar que el incremento del desempleo masculino entre 1990 y 2002 fue de 3,4 puntos porcentuales, mientras que el femenino alcanzó en el mismo período, un incremento de 6 puntos porcentuales. Por otro lado, en Ecuador, las mujeres que son jefas de hogar reciben un ingreso monetario individual que representa un 41% menos en comparación con los jefes de hogar. Finalmente, las mujeres mayores de 60 años en nuestro país reciben en promedio un 84,1% de las pensiones y jubilaciones que reciben los hombres.

Si bien el índice de feminidad en el país es más alto, la situación de pobreza de las mujeres supera en mucho este hecho, los datos dan cuenta de que las diferencias de género tienen efecto sobre los procesos de empobrecimiento. Por ello, el CONAMU, propone desarrollar un análisis del funcionamiento interno de la pobreza en la familia, a fin de actuar de manera efectiva en la construcción de equidad y en la lucha contra la pobreza

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